Un Mundial con papá

Era 2006. México había vencido 3-1 a Irán. Todo el piso se movió. Estaba mareado.
Me desplomé.
Desperté y poco a poco recobré el conocimiento.
Una ambulancia me llevó al hospital.
El médico me obligó al reposo por un mes consecuencia de estrés, mala alimentación, tabaquismo, insomnio y cuanto mal se le ocurrió endilgarme.
En mi defensa abogué que eran los nervios mundialistas para que no me prohibiera, por lo menos, el alcohol. Fallé en mi propia apelación.
Regresé a casa y vi vacío su sillón.
¡Llevaba un año vacío!
Hasta ese momento detuve mi vida acelerada por el trabajo aquellos meses para darme cuenta que ya no estaba.
Me puse a llorar.
Sin planearlo, simplemente sucedió, un triunfo mexicano en Copa del Mundo motivó mi desmayo, un desmayo que obsequió una reacción que me debía a mí mismo y tardé en activarla: luto por papá.
Y en la resignación de mi pérdida, su trampa sagrada desde el más allá.
Junto a él, aún sin la presencia física, disfruté el Mundial de Alemania con mi viejo sin presiones ni prisiones de ningún tipo.

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