Con tu permiso, Alemania

T

ermino de ver el partido acompañado de Ixchel, mi casera, y Emiliano, su pequeño hijo. No sabemos cómo reaccionar ante lo que hemos visto.
De repente comienzo a recibir mensajes e imágenes de todo tipo en mi celular.
En República Dominicana, el italiano Paolo brinda con una cerveza al compás de «viva México cabrones».
En Argentina, entre San Clemente y Buenos Aires, Laura celebra con una birra y Walter con su sombrero charro. Ale está contento porque le pasamos el trapo a los alemanes.
En Playa del Carmen, el gringo de Mike ondea la bandera mexicana en el hotel y Diane manifiesta su felicidad con memes.
En Veracruz, Alicia e Ian están en catársis adentro de un restaurante junto a otros comensales vueltos locos.
En CDMX, Susana, quien no es futbolera para nada, está feliz junto a su abuelita en el festejo de lo impensable.
Compruebo entonces tres verdades: que es una dicha ser mexicano, que el fútbol es más que un lindo juego y que los mexicanos nacemos donde se nos da la rechingada gana.

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