Ladrón que roba a ladrón…

Recuerdo mi primer gol en aquel llano potosino, con el rancio aroma al canal del desagüe, justo donde se atascó el balón tras la ejecución del penal.
No supe cómo festejar, fue el shock del primer gol en cancha grande, pero el instinto me traicionó: fallido intento de pirueta. De regreso al círculo central, sonrisa de oreja a oreja, puños apretados… “como el Fantasma”, me congratulé.
Mi historia goleadora continuó de manera mesurada. “No soy delantero”, justificaba.
Con el tiempo, el ritual sufrió modificación: camiseta a la cara, brazos extendidos y la maldita pirueta que nomás nunca me salió.
Lo tuve que dejar, pues otros me lo copiaron, y bien hecho.
“Ese es mi festejo”, me enfadaba, pero la verdad es que ladrón que roba a ladrón…
El festejo era de Marco Antonio Fantasma Figueroa, al cual le ofrezco una disculpa por la copia barata de su maravilloso ritual; aunque eso sí, dudo que alguna vez haya ejecutado un penal como yo lo hacía: parte externa, fuerte y a la escuadra.

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