La alegría debería llamarse Garrincha

Llegué a su casa. Mamá me dijo que había guardado algunas cosas que pertenecieron a mí, entre ellas una imagen de Garrincha. «No es mía», le aclaré. «Soy maradoniano, no garrinchista», sentencié con argot mamón pambolero, sin embargo, me sorprendió para bien.

Resulta que la imagen es de mi hermana, quien disfruta el fútbol gracias al brasileño. Ha leído y visto hasta el cansancio todo lo relacionado a él. Le guarda una profunda empatía al grado de considerarlo parte de su alineación titular cada año en la ofrenda de Día de Muertos.

Ella no lo sabe, pero haber impreso a Garrincha nos recuerda a la familia que en los defectos hay belleza y que en lo imposible todo es posible, que vencer barreras es cuestión de actitud y gusto por lo que se hace. 

Hoy día, Garrincha es pieza fundamental en mi gente. Ni hablar, así es esto de la pasión por la pelota y lo que puede transmitir, no obstante hay quienes le consideran un objeto para idiotas.

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