El ADN en las tribunas

Veo la foto del tifo de Borussia Dortmund en honor a la paternidad de Marco Reus y es inevitable el sentimiento de deseo por crear una imagen similar en mi vida. Amparada en lo que puede considerarse como un suceso triste de mi infancia, la ilusión anhelada es en realidad la posibilidad de no repetir la historia, lo que es una dicha.

Les cuento lo anterior porque mi padre fue un hombre fallido en su rol paternal con los aspectos básicos y fundamentales en el crecimiento de todo niño. Nunca faltó de comer en casa y siempre tuve colegio, sin embargo, crecí incompleto en lo concerniente a la recepción de afecto: el viejo jamás me abrazó y tampoco pronunció un «te quiero» o un «te amo, hijo». Y no es que papá no quisiera o no amara, simplemente le resultaba un reto expresarse, esto debido a que se moldeó en la dureza y rigidez de una cultura que sancionaba con golpes y castigos al varón que manifestara sus emociones.

El viejo no pudo derrumbar esa cárcel del alma hasta que ingresó a la tercera edad e intuyó que su desenlace se aproximaba. En un ejercicio sugerido por él, nos sentamos frente a frente para que le dijera en su cara todo lo que le tenía guardado. Estallamos. Nos tiramos a matar. Ninguno se ocultó nada.

Después de eso, nuestra relación mejoró a grados insospechados, incluso al nivel de que papá fue capaz de ponerse a llorar cuando me pidió perdón luego de ver en mí un espejo que le desagradó demasiado y del que se sentía culpable por no haberlo abrazado en su niñez. Éramos dos piedras atreviéndonos a sacar agua de nuestro interior.

Sabiéndome futbolero de hueso colorado, adicto a ver partidos y consumir todo lo relacionado al deporte más hermoso del mundo, se sentía triste por no haberme llevado a un estadio y por no sentarse conmigo a disfrutar un juego. Más le dolía porque a él también le gustaba el fútbol.

De niño aprendí a apasionarme a solas, casi sin secuaces ni cómplices en casa, salvo por mi madre, una mujer que se esforzó por tratar de entender el idioma que manejamos los devotos de una pelota y de los genios que saben patearla. En otras palabras, me desenvolví sin el romanticismo y lirismo del núcleo familiar para sentir un deporte que tiene entre sus esencias el tema del legado, o la herencia de colores. En fin.

En caso de convertirme en padre, siempre y cuando ella o él quiera, allí estaré junto a su pequeño ser en la tribuna así tenga que aguantarme 90 minutos en templo del acérrimo rival. Y mi viejo estará ahí, junto a nosotros, para integrarse a una historia nueva que nos merecemos todos.

Porque el pasado, pasado es.

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