Faltó usted, don Melquiades

Aquella noche fuimos decididos al Azteca para apoyar con todo a Cuauhtémoc Blanco. Nos sumamos a miles de americanistas en las tribunas para alentar al ídolo y transmitirle hostilidad a un defensa central del equipo rival, Héctor López, quien a lo largo de la semana quiso sentirse superior al Cuau con declaraciones fuera de lugar como que tenía una casa enorme en Jalisco y no era corriente.

El atlista cometió la imprudencia de expresar tales argumentos sin tomar en cuenta que América y Blanco tenían millones de fieles, además de que la gente amaba el perfil de barrio que forjó al crack de las Águilas. Caro pagó su error.

Previo al juego, Cuauhtémoc dijo que le respondería en la cancha. Y así fue. ¡De qué manera! Genio tal cual fue con el balón, Blanco esperó hasta el último minuto del partido para desquitarse del defensa, que ya había sido tocado en sus fibras sensibles por los abucheos y presión de los aficionados presentes en las gradas.

Robándole a López una pelota antes de la media cancha, el Cuau se enfiló hacia la portería de Isaac Mizrahi con la marca del defensor fundido y confundido. Toreó al portero, pero no quiso sellar su obra sin antes ver tendido en el suelo al adversario que le había cantado su gran propiedad tapatía. Humilló al atlista y el festejo incluyó cohetones.

Si bien intuíamos que Blanco haría algo para callarlo, nunca imaginamos que nos regalaría uno de los mejores goles que ha albergado el Estadio Azteca. Se trató de una jugada que nos hizo llorar a Israel, a Jorge y a mí, amigos de mi etapa fanática empedernida, porque no lo podíamos creer. Haber visto en vivo semejante obra de arte fue catártico.

Más nos pusimos a chillar cuando escuchamos a través de las bocinas al hombre que sumó su granito de arena para que amemos el deporte más hermoso del mundo, Melquiades Sánchez Orozco.

“Gol anotado por Cuauhtémoc Blanco, número 10”, recitó don Melquiades. Fue una extensión del regocijo, una prolongación del júbilo que solamente alguien que creció junto a su voz en el templo de Santa Úrsula puede entender. En fin.

Lo que hubiéramos dado para que el señor Sánchez Orozco registrara con su voz el gol 10 mil del Azteca convertido por Milton Caraglio. Don Melquiades jamás fue un ingrediente de las emociones sino pieza clave del engrane para sentirlas y manifestarlas. En otras palabras, nos hizo adultos para recordarnos en fracción de segundos que gritar lo más bello es algo inexplicable, tal como lo es la pasión por el fútbol.

¡Cuánta falta nos hace!

FacebookTwitterWhatsAppEmail

Comentarios

Your email address will not be published. Required fields are marked *