Terrícola; imperfecto

A propósito de Messi y el Colombia 2-0 Argentina…

«Lo perfecto es inhumano», dicen por ahí. Y es cierto.

En el fútbol solemos idealizar, engrandecer y catapultar a seres humanos a niveles divinos. El fanatismo lo hace posible, se vale, pero la realidad es una, y a todos, tarde o temprano, nos pasa lista.

La realidad ubica, no castiga.

La imperfección es tan humana que ni los grandes genios de la historia del mundo la libraron, mucho menos los genios que se dedican a patear un balón.

Así, Maradona, Pelé, Hugo Sánchez, Zidane, Baggio, Platini y varios más, tuvieron que regresar del mundo divino a su realidad, que no forzosamente era mala, pero era su realidad.

Así le pasa a Messi: terrícola; imperfecto.

Virtuoso, ¡genio en muchas ocasiones!, pero no es de Júpiter ni de Saturno, aunque a veces sí lo parezca; o peor, aunque a veces lo aseguremos.

La figura messiana, divina para sus devotos, común para sus detractores e imperfecta para el planeta Tierra, necesita ayuda para triunfar; necesita también de compañeros sin complejos que dejen de babear por el simple hecho de jugar a su lado. No es Dios, es quizá el mejor futbolista del mundo, nada más.

Messi necesita que el periodismo que le arropa asimile de una buena vez que puede fallar. Que le critiquen o reconozcan, según sea el caso, con la medida exacta. No es Dios, en efecto; tampoco es el pecho frío que otro sector asegura.

Messi es humano, por lo tanto imperfecto; falla y acierta; genera alegrías y tristezas; gana y pierde. Messi es futbolista, es crack, es genio, sí, pero nació en nuestro planeta, ojalá ya lo entiendan y, que quede claro, que en el fútbol cuando se gana o se pierde la responsabilidad es compartida.


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