¿Por qué no le compré el balón?

Nos volvimos a encontrar. Después de 20 años de no vernos tenía que encontrármela justo ahora. Maldito pasado, pensé que había quedado enterrado. Sigue tan bella como cuando la dejé, como cuando nos separamos. Se volvió a casar y se convirtió en madre de un chico que ahora tiene 18 años. Aún le duele que nuestro hijo no haya corrido con la misma suerte que el suyo: seguir vivo.

No hace falta charlar, mi silencio lo dice todo: sabemos que la pregunta es obligatoria. Esa pregunta que ocasionó nuestro divorcio, que engendró el derrumbe de mi vida. Me tiré al trago para olvidar, pero el efecto es otro: recuerdo y sufro todos los días. Al ver mi deprimente figura se apiada de mí y en un tono delicado me lanza la daga, «¿por qué no le compraste el balón?» me pregunta con los labios no muy abiertos.

Mi hijo soñaba con ser futbolista. Cada semana me insistía para que lo inscribiera en torneos, que le diera oportunidad de jugar con el equipo de su escuela. Nunca acepté. Siempre pensé que el fútbol era para mediocres, para imbéciles. Sintiéndome dueño de su vida, no sólo le destruí sus sueños, sino que le negué la felicidad enviándolo a la muerte, que es mi propia muerte: pagándola lentamente con cirrosis.

Como no quería que mi hijo fuera un futbolista fracasado, lo metí al Colegio Militar. Sin darme cuenta, lo adentré en el infierno. Cargado de odio y una depresión muda, el niño comenzó a obsesionarse con la muerte. Esperó el momento oportuno para entregarse a ella. Recuerdo ese día, esa imagen. Su madre y yo fuimos a visitarlo, pero nunca pensamos que nos recibiría como lo hizo. “Mamá, papá, miren”. Enfrente de todos se disparó al corazón. Un teniente nos entregó una carta póstuma, en realidad era una sola pregunta: “¿Por qué nunca me compraste un balón?”.

Su madre no tenía la culpa, no la tiene. La respuesta a esa pregunta se la daré cuando mi cuerpo sea devorado por los gusanos, que seguramente lo harán a un ritmo lento: me lo merezco.

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