Eran las ocho de la noche

Corría como desesperado, parecía energúmeno. Pocas veces en su corta vida se había visto en situación tan crítica. De hecho, la última ocasión que pidió al cielo lo ayudara en una emergencia fue cuando su papá se cortó un dedo mientras preparaba una ensalada. La angustia por ver la sangre propició que llamara a una ambulancia para que llevaran de inmediato a su padre al hospital. Afortunadamente un gajo de cebolla y un curita evitaron una alarma mayor. Por cierto, el papá tuvo que darle una compensación económica a los de la ambulancia debido a la “broma” de su hijo.

Esa tarde, Jaime recorría a toda velocidad cada una de las calles cercanas a la cancha, ansiaba encontrar una papelería o una tlapalería abierta. El balón se había ponchado, por lo que el partido tuvo que suspenderse. Jaime no iba a dejar el juego a la mitad, ansiaba ver ganar a su equipo, así que de inmediato se movilizó para ver dónde compraría un balón nuevo. Todos los locales cerrados, ya eran las ocho de la noche.

Con el llanto que genera la rabia y la frustración, Jaime tocaba como loco en todas las casas de la redonda. Era tal su ímpetu por conseguir un balón que ni siquiera de favor lo pedía, sino que a gritos lo exigía. Ofendidos por su conducta, muchos vecinos le restregaron la puerta en las narices. Incluso, el viejo Anselmo, un burócrata retirado que detestaba el ruido y a los niños, estuvo a punto de agarrarlo a manazos de no ser porque Jaime se le anticipó con una patada en la espinilla. ¿En dónde podía encontrar un balón nuevo a esas horas?

Recordó que al cruzar la avenida que se encuentra a veinte calles de su casa hay un supermercado. Inconscientemente se dijo “patas pa qué las quiero” y emprendió la carrera. En el trayecto brincó baches, esquivó peatones, golpeó sin querer a los ancianos, y llegando al semáforo se detiene: la luz roja lo reta. “El juego debe continuar, el juego debe terminar”, se repitió un par de veces. Sin más ni más cruzó la avenida.

Esa noche Jaime durmió unas cuantas horas abajo del trailer. Ni el ruido de las sirenas ni la incomodidad del peritaje lo despertaron. Fue hasta que lo subieron a la ambulancia cuando abrió los ojos. Recostado y ensangrentado balbuceó al paramédico que lo llevara con su papá. “Hijo, pero esta no es una broma”, le dijo el paramédico mientras llenaba un formulario. Jaime le repitió de nuevo su petición y la tripulación de la unidad (chofer y dos paramédicos) cedieron a cumplirle su última voluntad.

Apenas se estacionaba la ambulancia frente a la puerta de la casa de Jaime, cuando salió su papá muy enojado. “Discúlpenme, pero ahora no les daré nada de lana. Ahora sí nadie marcó, es más, mi hijo ni está aquí. Así que váyanle a robar a otros”, les gritó el padre. Con la sirena apagada y el silencio de todos sus tripulantes, la ambulancia se dirigió hacia la morgue. Directo, sin escalas.

(El partido terminó justo en el momento en que Jaime salió como loco a comprar el balón. Sus compañeros de equipo, que no sus amigos, lo consideraban un bueno para nada. Fácil se les hizo decir: “que vaya él”, «ándale, ve por un balón nuevo”. Ya eran las ocho de la noche).

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