¡Qué ganas de jugar con ellos!

Los equipos que nos gustan los pensamos en función del agrado por verlos jugar. Normal. Pero con la Selección uruguaya me sucede otra cosa: ahí me gustaría jugar.

Para estas horas de la noche, mientras los festejos se viven por todo Montevideo, Paysandú, Las Piedras, Rocha, Treinta y Tres, Durazno, Florida y más, ya muchos colgaron elogios a este equipo, que ganó la Copa América de punta a punta, sin discusión y con mucha dignidad. A través de micrófonos de todos colores se han definido las virtudes del campeón: «Tienen una delantera temible», «son durísimos atrás», «cuentan con un técnico de mucha experiencia». Todo es cierto, pero dicho así parecen lugares comunes que podrían quedarle a cualquier campeón.

Tratemos de ver el detrás de las cámaras, que no sé si por sí mismo explique el equipazo que han formado, pero si no, seguro que tampoco les hizo nada mal.

Forlán, Pérez, Pereira y compañía pisaron suelo argentino armados con puras sonrisas. Ya algo raro había ahí. Lo «normal» es ver rostros alargados, audífonos gigantescos, paso veloz y desdén por el entorno. La Celeste, en cambio, bajó del camión saludando, tomándose fotos, firmando camisetas y atendiendo a la prensa. En este último renglón también fueron excepción, pues les dio por conceder entrevistas hasta media hora antes del silbatazo inicial.

Tabárez convocó a 19 mundialistas, cifra que ningún otro equipo que visitó Sudáfrica pudo alcanzar este torneo. Dicen periodistas uruguayos, y dicen bien, que el Maestro no tenía por qué cambiar nada, pues había dado resultado. La polémica principal apuntaba a Santiago Silva, el goleador de Vélez, quien otra vez se quedó esperando la convocatoria. Batista, por ejemplo, cedió a la presión y convocó a Tévez, aún en contra de su idea y sacrificando el equipo que él tenía en mente. Tabárez no. Claro, hay que decir que la cuota goleadora la tenía muy bien cubierta, pero ni pensó en agregar un hombre más, por muy bien que anduviera.

Detalles, detalles… Tal vez son insignificantes, pero el plantel completo se dirige a su capitán, Diego Lugano, de usted. También Tabárez, quien con un «oiga Lugano», arranca cualquier indicación.

El himno se canta, sin otra obligación que la del orgullo por ponerse esa camiseta, como si se les fuera a salir el corazón. Y no es para menos, hoy ser parte y mantener el puesto ahí dentro es todo un logro.

Son cuatro o cinco jugadores los que sostienen al equipo, jueguen o no, brillen o no. Lugano por supuesto, Forlán también, el Ruso Pérez, Arévalo Ríos y Sebastián Abreu. El Loco es pieza clave, dicho por sus propios compañeros. Y tal vez no lo notaron, pero Abreu no participó un solo minuto en la Copa. El técnico no requirió la inmensa cantidad de goles que el zurdo ha repartido por medio mundo, incluso ahora en Botafogo. Pero el 13 aguantó y sumó para el grupo. Al final él fue uno de los que más festejó. Se sentía con tanto mérito como el que jugó todos los minutos.

Y finalmente, entre tanta «trivialidad», apunto otra que definitivamente me hizo soñar con jugar, aunque sea un ratito, en donde fuera, con todos estos campeones: el tercer gol. Ya hacia el final del partido, Edinson Cavani, a caso el mejor goleador del equipo en este momento, buscó y encontró a Suárez, quien tenía todo para enfilarse hacia la portería de Villar en busca del goleador del torneo. Pero no, levantó la mirada, y en un acto conmovedor de compañerismo, tocó perfecto para que su compañero (insisto en la palabra) Forlán, mejor colocado, anotara el gol que sellaría el título del continente, y de paso, el del más ganador de la historia.

¡Qué ganas de jugar con ellos!

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