El minuto previo al partido

Disfruté mi niñez, y también de mi adolescencia, a través del fútbol. «Jugar a la pelota» como le decíamos en mi natal barrio de Buenos Aires, era algo más que un evento, era la culminación de los anhelos de cualquier chico que, por esa época, no tenía más allá de sus narices la escuela por la obligación, y el partido de fútbol por gusto o adopción.

Desde pequeño continué las simpatías de mi padre, a quien le debo el haberme convertido en hincha de Racing de Avellaneda, y por lo tanto gocé como loco a los 14 años, aquel gol de El Chango Cárdenas, que nos llevaba al primer título mundial que un equipo argentino alcanzara. Admiré a sus jugadores, como Perfumo, Maschio, Sacchi, pero también sentí una particular idolatría por los grandes jugadores de los «acérrimos rivales» como Onega, Rojitas, Veira o Daniel Wellington. Auténticos fenómenos que brillaran en la década de los años sesenta.

Más allá de todas sus virtudes, de sus rabonas, amagues, sombreros y gambetas, el fútbol era un colorido especial, donde se conjugaban al unísono las voces de cada hinchada, con sus cánticos y estribillos, con los malabaristas de la pelota, en el verde césped.

Pasaron muchos años, casi 40, el pragmatismo, la tecnología, la modernización y el capitalismo salvaje intentaron cambiar la esencia del noble deporte, a tal punto que es más importante la TV, los patrocinadores, y las camisetas que David Beckham pueda vender, que el juego en sí.

Se habla más del marketing que de la pegada de Ronaldinho.

Los periodistas alquilados se desentienden de la violencia en los estadios, como si la exclusión social no siguiera vigente en nuestra empobrecida América Latina.

Nos venden valores abstractos y confusos, como si el fútbol fuera una ciencia oculta.

Pero a pesar de la feroz ofensiva neoliberal, de la miopía de sus dirigentes y de sus acólitos destructores, el mayor de los deportes sigue arrastrando multitudes, desde su nobleza, su improvisación y su espectacularidad.

Digamos que, que por medio de este simple y apasionado manuscrito, sólo intentamos la hermosa aventura de volver a ala niñez.

Carlos Prigollini
«Fútbol y Sociedad»
, 2007

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