Una cancha inexistente

Fui al autobanco hoy en la mañana y al salir pasé a un lado de dos bloques grandes de cemento donde antes de la pandemia existían unas verdes canchas de fútbol-siete de pasto sintético. Allí, cuando recién llegué a Guatemala, -hace diez años ya- jugaba todas las tardes de los jueves con el equipo de Miguel y los aclamados abogados de las víctimas del conflicto armado guatemalteco. 

En esos campos artificiales desplegué mi lamentable estado físico y apenas pude demostrar lo valioso de mi zurda privilegiada. 

El Súper Lic, Édgar, la hacía de guardameta esos días, los mismos en los que se desarrollaba el juicio por genocidio -que concluyó un 10 de mayo de 2013- en condena contra el ahora fallecido dictador José Efraín Ríos Montt, encontrado culpable de las miles de muertes por masacres cometidas por el Ejército del que se jactaba que no ocurría detalle alguno sin su visto bueno, durante su mandato entre el ’81 y el ’83. 

Sentencia que, sin embargo, logró ser anulada por un tribunal constitucional plegado a una patronal o élite depredadora, como recién este año ha sido apodada. 

Con el tiempo dejé de asistir a mi puntual cita de los jueves y la cambié por una canchita de cemento en pleno centro histórico capitalino, donde los miércoles se jugaba algo que acá se llama Papifútbol, o fútbol sala, uno de los bienes preciados del deporte de conjunto de este país centroamericano, pues a diferencia del de once jugadores, esta disciplina sí ha alcanzado mundiales y cierto renombre en la región. 

Ahora en el cemento se disputaban legendarias batallas futbolísticas de equipos de cinco integrantes entre los documentalistas y periodistas y fotógrafos, con el respectivo tercer tiempo en las banquitas de afuera de la tienda.

Esa multitud luego decidió cambiar de locación hacia una sede transitoria, también de imitación de grama con caucho, hasta que se trasladó de manera definitiva a la cancha de fútbol siete de pasto sintético frente al banco con autoservicio cuyo complejo es hoy un desierto de angustia producto de la pandemia.

Ahora, de entre algunas de las grietas del cemento hay otro tipo de césped, uno silvestre y que atestigua un momento que no volverá más, mi fino toque de balón, claro, pero sobre todo las canchas sin gente, el fútbol sin personas, estadios vacíos y campeonatos mudos. 

El colapso se llevó consigo todo, incluida la calle, el espacio público y al fútbol, que volverá y que ya regresa, tímido, pero presente entre lo incierto.

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