En las canchas de plomo de un país extraño

Llegar a casa con el pómulo hinchado o el labio abierto por poner la cara en las broncas al final del partido era lo más cercano a la violencia en el fútbol de llano. Se podía exagerar incluso la veracidad de los hechos al contarlos, ya fuera para envalentonarse o ponerse en condición de víctima frente a mamá y así suavizar la regañiza mientras curaba las heridas.

Ahora es distinto. Si la impavidez lo permite, se narra el horror a través del miedo. Quienes consiguen hacerlo cuentan cómo se escucharon los balazos o cuál fue el camino que tomaron quienes huían para salvar su vida y al final encontraron la muerte. No les quedan ganas de volver a esa cancha. Y les sobra razón. 

También hay gente que no vuelve a un campo, sea para apoyar o jugar, desde que el rectángulo se convirtió en un cementerio con los cadáveres al aire libre. Corretear un balón encima de los muertos es macabro y sacrílego. ¿O acaso habrá alguien en el planeta que se atreva a semejante atrocidad?

El fútbol ya no es lo de antes. Al menos no en los territorios donde las canchas de tierra y pasto quemado parecen estar prohibidas para quienes quieren soñar o fugarse de la realidad. Cruel destino, maldita paradoja, esa misma realidad les ha perseguido hasta ellas para impedirles ilusionarse por algunos minutos con un mundo distinto al país que habitan diariamente. 

Donde deberían intentarse gambetas o dribles, se recogen casquillos. Y a esa zona cubierta de plomo no se le puede decir siquiera “cancha”. Lo único que queda de fútbol es el recuerdo, siempre y cuando tampoco lo maten.

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